A continuación un fenómeno para el cual no encuentro explicación:
Hace unos días fuimos a un supermercado grande y supuestamente barato a hacer la primera gran compra de insumos para el hogar. Con este propósito nos armamos de nuestro carrito comprado en Walmart y caminamos los veinte minutos que nos separan del supermercado (llamado No Frills). Dentro de nuestra lista habitual de ingredientes nunca faltan las pechugas de pollo porque son versátiles. La pechuga de pollo es el tofu de los carnívoros. Desafortunadamente, las pechugas de pollo costaban trece dólares el kilo. El precio nos pareció insultante y no compramos. Para compensar conseguimos morcilla de Portugal. La hicimos el lunes con papas y manzana.
Hace dos días fuimos al Valumart que queda a dos calles de la casa (pero no es supuestamente tan barato como No Frills) y, por curiosidad, revisé los precios del pollo, todavía ardido en mi honor por ese precio insultante del otro día. Valumart, sin embargo, ofrecía el kilo de pechuga de pollo a dieciocho dólares. Tragué saliva.
Es de verdad triste, le decía a Mónica, que el pollo se vaya a convertir en un lujo. El pollo nunca debería ser un lujo.
Menos mal que el hígado de res siempre es regalado.
Ayer volvimos al Valumart a comprar polvo de hornear para hacer un pan de banano. De nuevo cruzamos la zona de las carnes y una vez más, por curiosidad, revisé los precios del pollo. Las pechugas de pollo costaban siete dólares el kilo. Entre sorprendidos y emocionados compramos catorce pechugas y las metimos en el congelador.
Me gustaría saber cuál es la razón de esas fluctuaciones.
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